Moises rural

Posted on marzo 1, 2010

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Iba Moisés por el campo cuando sin motivo aparente decidió parar. Busco cobijo en un árbol cercano, sacó de su zamarra una bota de vino y saciando su sed comenzó a pensar en todo lo que había encontrado en el camino. Moisés nunca fue un hombre de grandes palabras ni de grandes hazañas, él confiaba en la belleza y en la grandeza de las pequeñas acciones. Sabía que para llegar a Argan-tunipe había recorrido un largo camino, y ésta era una empresa para en la que el dinero era baladí, tan útil como un yelmo un día de tormenta.

En su peregrinaje se encontró con multitud de personajes pintorescos, un artista que utilizaba sombras para realizar sus esculturas, un afinador de cuerdas vocales -aquella noche cantaron hasta quedarse afónicos-, un anciano cojo que sacaba pegadizos ritmos golpeando la caja de su laúd, y demás personas y personalidades dignas de haber salido de la carpa del circo mas extraño del mundo. Pero hubo una niñita que se le grabó especialmente en la sesera. Contaría cinco años de persona pero, como todos los niños extraños, hablaba como si fuera un adulto, y tenía las coletas tan largas que todavía conservaba su pelo de cuando era un bebé en las puntas de su pelo. Era una personita extraña, pero esa es otra historia.

Moisés bebió un largo trago de su bota, y el vino se le derramó por la pechera

-¡Mierda!, ¡Hostia puta!, ¡Mecago en Dios!- exclamó Moises henchido de gloria. – ¡Es la ultima puta camisa que tengo limpia!, ¡Joder, JODER, JODEEEEEEEEEEEEEER!- Gritó Moises terriblemente contrariado. En ese momento un ejercito de tortugas se acercaba con paso marcial, y viendo al anciano gritando como una cobaya en una hoguera paró atendiendo a un enérgico grito de su capitán, que era una tortuga galápago.

– Urrigendoooooooooooo, ¡Bort!.- Que en idioma tortuga significa “Compañiaaaaaaaaaaa, ¡Alto!”. Moisés seguía saltando y lanzando puños al aire. La tortuga galápago no daba crédito a lo que veía y tras esbozar un gesto dificil de entender desenvainó su espada y le rebanó la cabeza a uno de sus escoltas.

– Roder iribardaniel lantas dalque, doñimon grogro.- Gritó a viva voz, y que en idioma tortuga significa “Este señor tiene hambre, démosle de comer”. Las tortugas no entendieron el gesto de su capitán, no era la primera baja que causaba la buena voluntad de su mayor y la idea de una revolución paso de ser una quimera a ser una realidad.

Moisés comenzó a rasgarse sus ropajes con los pocos dientes que le quedaron sanos después de la pelea con el Ogro marrón que habitaba las cuevas del norte.

Una de las tortugas dió el primer paso y cargó contra el caparazón de su capitán. Ella fue la que prendió la chispa pero cualquiera de las que estaban allí podría haber sido la pionera en el sabotaje a las bonanzas del capitán del ejercito tortugil. La escolta del capitán no opuso resistencia mayor que su presencia, ya que al haber jurado lealtad a la vida del capitán no le atacaron, pero la muerte de uno de sus compañeros fue suficiente para que simplemente no se movieran. La lucha entre el ejercito y el capitán era patética. Las tortugas luchan despacio.

Para cuando las tortugas empezaron a sangrar, Moisés ya se había mordido las uñas de los pies y ahora empezaba a apurar los padrastros restantes de su batalla a mordiscos contra sus pies. Ocinio -que era como se llamaba el capitán- derramaba lágrimas de dolor, alguien al que el quería le había traicionado. Después de tantas batallas, después de tantas guerras, tantos amores imposibles, tantas relaciones rotas por tantos compromisos por la causa común de las tortugas, después de todas las cicatrices eran sus propias tortugas las que le propinaban el golpe de gracia. Quizá en uno de los últimos quejidos pensó que maldita la gracia que tenía aquel golpe. Los traicionados no tienen tiempo de pensar en frases ingeniosas.

Moises paró su particular espectáculo. Una vez saciada su desgracia fue cuando empezó a comprender la desgracia de Ocinio. <<¡Como una tortuga puede llegar a ser tan ruin!>>, pensó. Pero para cuando llegó a esa conclusión, el célebre capitán de nuestra historia no era mas que un caparazón vacío. Una grotesca mascara de feria sin agujero para los ojos.

Moisés volvió sobre sus pasos y se sentó en el mismo sitio donde hizo el alto en el camino. Ahí estaba su hatillo con las pocas pertenencias que había recabado durante su peregrinaje. Una vez sentado se tumbó.

Había llegado lejos pero cuando partió no sabía donde marchaba, como un novelesco personaje melancólico y complicado. Por primera vez en su vida sintió en los huesos lo que los filósofos llaman una revelación: <<Tengoa que contar la historia de la tortuga, no dejaré que caiga en el olvido>>

Y así fue como Moisés dejo de andar sucio y lleno de mierda como un mendigo y pasó a dárselas de escritor con una historia sobre tortugas y guerras.

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