El señor

Posted on marzo 17, 2010

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Este que aparece en la foto es un señor completamente diferente del que voy a hablar. Pero podría (de podrido) ser el protagonísta de esta historieta traquilamente. Bueno,  habrás deducido (oh, querido lector, que creo que eres uno y tienes tuenti), que lo que voy a relatar una pequeña anecdota sobre un señor con el que compartí espacio en el mundo.

Todo comienzó un viernes en el que me disponía a volver a mi hogar, un pequeño y pintoresco pueblo al oeste de cualquier sitio. Acabé las clases y tras una breve despedida con mis compañeros me dirigí a la parada del autobús interurbano que conecta con la parada de autobuses que hacen trayectos  largos. Fue entonces cuando ví por primera vez al señor. Como ya he dicho antes no difería mucho del señor de la foto. Era un hombre de estatura media, la calvicie y las canas no empezaron a poblar su cabello y  su tez recién afeitada le restaba unos años. Llevaba unas gafas de montura al aire y un traje de corte moderno. Elegante y con buen gusto. No reparé mas de lo normal en su aspecto, era un señor del montón, pero un señor elegante, que con su postura erguída y su maletín de cuero invitaban a pensar que era un hombre educado y discreto.

Llegó el autobus y con un sonoro “Buenos días” le pagó el importe a la conductora del interurbano. Realmente sonó como un verdadero saludo, firme y mirando a los ojos. “Poca gente saluda de manera sincera hoy en día, solo algún que otro señor bien educado que otro” Pensé mientras imitaba su gesto y saludé también a la conductora. Ella se limitó a cerrar la puerta.

El trayecto en autobús estuvo de espaldas a mí por lo que no pude ver su comportamiento que cada vez parecía mas refinado y cortés. Pero cual fue mi sorpresa que al llegar a la parada nuestro amigo se posiciona cual velocista en una prueba de 1.500 obstaculos delante de las puertas del autobús, y según éstas comienzan a abrirse propina un golpe de cuerpo (tackle, en inglés) a una viejecita que estaba a su lado y se lanza como una centella a la ventanilla de venta de tickets. Alucinado bajo tranquilamente del autobus (sabedor de que todavía queda media hora para que arranque), y me encuentro con el señor en la cola de los billetes. “Buenos días”, de nuevo al de la ventanilla, “Deme, por favor un billete para Bilbao… a la una…por favor”, dijo en un tono bastante mas alto que el saludo a la conductora. Incluso demasiado alto. “Joder, igual te he juzgado demasiado pronto señor. Soy un superficial. Quizá tu placaje a media altura a la señora del autobus se debe a tu pasado de medio ala derecha en los All Black, no puedo juzgarte por eso” .Pensaba yo mientras adquiría mi asiento en la ratonera esa que llaman autobús.

Tuve la inmensa suerte de tener al señor al lado en el trayecto, que es una hora y media. Me ragaló un “Hola” , muy sonoro, una vez mas, esta vez acompañado de una sonrisa paternal, “Hola” respondí yo con una fraternal. Los primeros minutos fueron de maravilla, postura correcta (no se le ocurrió invadir MI espacio vital), y silecio educado. Ambos. Pero cual es mi sorpresa cuando a una chica que estaba delante se le cayó el movil al suelo y el señor en vez de agacharse como un caballero (ya que el movil se paró en sus pies, lejos de las manos de la chica), me miró y se rió practicamente de la pobre mujer. Fui yo quien se agacho a darle el preciado movil a la temblorosa muchacha. Al de quince minutos este señor comenzó a dormir, placidamente supongo por el pantagruelico sonido que emanaba de su garganta, entre gutural y rugido digno del mejor de los Mufasas. Dormía como un Marahá. “Angelito…” pensé “Mira como ronca el cernicalo de el, ojalá te mueras” Y así la hora y media de viaje. Este señor que se ganó mi respeto, lo tiró por la borda y le disparo por la espalda.

Entre intensos cabezazos donde ponía en juego la integridad de su esternocleidomastoideo y potentes graznidos fue el viaje. Cuando se bajó del autobus escuió en el suelo delante de un grupo de colegiales (supongo que no era por sus ideas sobre la educación instutucionalizada) y se despidió de mi “Venga joven, hasta luego”.

Así se acabo mi viaje con este señor. ¡Ojala se haya muerto!

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