Un sueño sobre un chino en dos partes (parte II)

Posted on julio 25, 2011

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PARTE SEGUNDA

Aquel hombre con semblante serio apenas dijo dos frases, pero aquella voz monótona e hipnótica hizo mella en la gente allí congregada. Todos y cada uno de los habitantes del pueblo (incluyendo el hombre de uniforme y el hombre de la voz hipnótica y monótona) marcharon a sus casas y volvieron con ropa limpia, comida y herramientas útiles para Lee; todo esto en un orden espectral,  marcial, robótico.

Lee permaneció en aquel recóndito pueblecito unos días, los lugareños apenas hablaban, no sólo no le hablaban a él, no cruzaban palabra con nadie más que lo indispensable. Llegados a este punto Lee se preguntaba si su viaje tenía sentido.

Un día un barco llegó río abajo y encayó en la rivera cerca del edificio en el que Lee dormía. Estaba lleno de cuadros apilados sin ningún orden, como si fueran cañas de bambú. Auténticas obras de arte de colores vivos y lujosos marcos se agolpaban en una barcaza de pesca de apenas dos metros.

Como obedeciendo una orden invisible todo el pueblo se congregó, en silencio, en el río. Ordenados en una fila las gentes de Yueyang miraban la barca con gesto neutral. Después, y siguiendo un siniestro sistema, fueron uno a uno cogiéndo los cuadros y llevándoselos a sus casas. El hombre de la voz monótona e hipnótica y el hombre uniformado portaban, cada uno,  un cuadro en silencio.

Lee era un simple espectador, apenas le importaba lo que allí estaba ocurriendo. Hasta que todo se convirtió en mal.

Los habitantes de Yueyang, tan apacibles y serenos, enloquecieron. No de una forma mágica movidos por una maldición que acarreaba el haber robado aquellos cuadros. Enloquecieron en un sentido muy humano, movidos por la vergüenza, el deshonor y el sinsentido.

Ancianos retorciéndose en el suelo. Mujeres y niños arrancándose pelo de la cabeza aullaban como perros. Jóvenes enzarzados a puñetazos con los ojos fuera de las cuencas. Vecinos, hermanos, padres e hijos macabramente unidos por la violencia y el olor de la sangre en una orgía de golpes, cabello, dientes, carne, llantos, sudor y barro.

El hombre uniformado corría de lado a lado de la calle llorando como un loco, golpeando todo lo que en su camino se encontraba. Lee permanecía de pie en medio de aquel espectáculo, inmóvil; aquel hombre tan elegantemente uniformado ahora estaba arrodillado ante él lamiéndole el barro de los zapatos, lloriqueando como un niño. El hombre de voz monótona caminaba lentamente en círculos.

Aparecieron los primeros muertos y aquel avispero pareció querer correr hacia la muerte. Unos mataban y otros se suicidaban. En un lapso de tiempo absurdamente pequeño todo el pueblo se convirtió en una sonrosada masa amorfa, blanda y carnosa.

Lee caminó por encima de los cuerpos, hundiendo los pies hasta los tobillos en aquel puré de personas. Hasta que el rojo de los zapatos no se secó y cayó, no paró de andar.

/Transcripción de un sueño que tuve hace tres o cuatro años/


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